Tenochtitlán: ocupación, conquista y resistencia. Una historia que debemos saber

      

    Vista parcial de la exposición conmemorativa en El Zócalo de la Ciudad de México, de los 500 años de Resistencia Indígena. 1521, México-Tenochtitlan. (Fotografías cortesía del escritor Ernesto García Núñez, autor del libro La tragedia de la invasión)

    Por Ricardo Aragón Pérez / [email protected]

    Un brillante poeta mexicano consideró el 13 de agosto como un día fúnebre, de luto nacional, porque se ocupó militarmente la ciudad de México-Tenochtitlán y, con un violento ejército de españoles y aliados indígenas, dieron muerte a miles de habitantes de la gran ciudad, que con sus célebres dirigentes y valientes guerreros a la cabeza defendieron hasta la muerte a su gente.

    Días atrás, recordamos el aniversario 500 de aquella devastación inhumana y de la célebre resistencia mexica a la vez. Por eso, en su discurso conmemorativo, AMLO pidió perdón a las víctimas y reprochó a los victimarios, al tiempo que llamó a no olvidar y luchar contra el neocolonialismo, la ocupación y conquista militares, que pretenden justificarse en interesadas y distorsionadas ideas de religión, progreso y civilización, pero de qué civilización se habla cuando sepulta a una nación, arrasa con lo más preciado de ella: la vida humana. 

    Ciertamente, 1521 fue un año funesto y heroico a la vez. Entonces miles de habitantes de la ciudad de México-Tenochtitlán fueron vilmente masacrados, mutilados, heridos y mancillados sin una pizca de piedad, por una parvada de españoles desalmados y ambiciosos, que además arrasaron con sus bienes patrimoniales; destruyeron casas, calzadas, plazas, palacios y templos; pero no sin antes  estrellarse con un heroico pueblo que, con jefes o sin ellos a la cabeza, opuso tenaz resistencia, luchó con fervor en defensa propia y consiguió triunfos aplastantes, como el que recuerda la llamada noche triste, en que Hernán Cortés abatido y lloroso huye con su ejército deshecho, dejando atrás casi 3000 elementos: unos sin vida y otros prisioneros, que luego fueron inmolados en el majestuoso Templo Mayor.

    Un par de años antes, Cortés y sus huestes llegaron hasta el corazón del imperio mexica, Tenochtitlán. Unos y otros quedaron sorprendidos por su grandeza social y material; admirados por sus barrios, calzadas, plazas, templos, palacios y casas de doble piso, así como de sus atuendos, rituales y danzantes ataviados deslumbrantemente; miraron un gentío en los tianguis y una riqueza de comestibles y demás productos originales, además de chinampas, tierras de sembradío flotantes en el agua, que abundaban por doquier. Advirtieron una economía muy dinámica, basada en el comercio, tributo y en la agricultura, cuya tecnología era de avanzada. No menos sorpresa causó inteligente sistema hidráulico, que con diques y acueductos aseguraban una gestión eficiente del agua. Un conquistador quedó impresionado, dijo, al ver tantas villas y barrios, que parecían flotar en el agua, con gran extensión de tierra firme y poblaciones de tamaño semejante.

    Su arribo no tenía más objetivo que ocupar militarmente la gran Tenochtitlán, someter a los jefes de más jerarquía e imponer un régimen colonial a modo, Para eso, Cortés y su séquito de mandones aprovecharon las discordias, rencillas y divisiones de los antiguos mexicanos, y se hicieron de miles de aliados indígenas, entre ellos los tlaxcaltecas que tenían pleito casado con los mexicas, por la imposición de tributos, agravios y dominios. En 1519, Cortés y sus aliados llegaron en plan de guerra y sin más buscaron someter a los jefes de más alto mando: Moctezuma y Cuauhtémoc, así como a otros de menor jerarquía en la cadena de mando; pero los que más sufrieron la embestida española fueron los habitantes de a pie; el pueblo de abajo, que defendieron con palos, piedras, dardos y flechas su grandioso patrimonio, su soberanía y su propia vida, pues preferían morir en pie de lucha que ser esclavos de los españoles. 

    Tras su malévolo plan de ataque, Pedro de Alvarado sorprendió a una numerosa élite con funciones de mando, que reunidas en su Templo Mayor celebraban rituales místicos, con danzas, cánticos e instrumentos de percusión, todos en actitud celebratoria, indefensos y con la guardia abajo; no obstante, acometió salvajemente contra los danzantes, motivado por el rumor de que preparaban un ataque contra sus correligionarios, por lo que se adelantó a frústralo de tajo. Testigos oculares dieron su versión de los hechos: "Inmediatamente, cercan a los que bailan, se lanzan al lugar de los atabales: dieron un tajo al que estaba tañendo: le cortaron ambos brazos". Luego añaden: "todos acuchillan, alancean a la gente y les dan tajos, con las espadas los hieren. Algunos los acometieron por detrás… cayeron por tierra disparadas sus entrañas. A otros les desgarraron la cabeza… Y los españoles andaban por doquiera en busca de las casas de la comunidad: por doquiera lanzaban estocadas, buscaban cosas: por si alguno estaba oculto allí…"

    Aquel ataque fue una verdaderamente carnicería, un genocidio, en el que fueron privados de la vida casi 3 mil dignatarios mexicas. Las reacciones no esperaron nadita; aparecieron señales de alto riesgo y llamados a guerrear, por lo que brotaron de todos los pueblos, barrios, casa y cuarteles cientos de guerreros, entre ellos mujeres bravas, aguerridas, dispuestas hasta dar la vida en defensa de su pueblo.

    Fueron tiempos de fiereza. Todo el pueblo estaba en armas, peleaba día y noche, a todas horas y sin descanso. Cortés buscó una y otra vez la rendición. Demandó deponer las armas, pero en vez de eso seguían luchando cuerpo a cuerpo, codo a codo, con o sin jefe de mando. Finalmente, las batallas, las muertes y los heridos de guerra, así como los numerosos enfermos de viruela y otras pestes infecciosas, con el agravante del desabasto de agua, alimentos y pertrechos; en suma, diezmaron severamente la fuerza de los guerreros, por lo que en agosto 13 de 1521 se rindieron, lo que dio paso a la instauración de un régimen de saqueo, destrucción explotación inhumana, el régimen colonial, que perduró vigente 300 años.

    No está de sobra recordar que a 500 años de la conquista española y de la resistencia indígena, la empresa de colonización y dominio no fue más que resultado de una visión unilateral, intolerante, que entendía la civilización y el progreso conforme a los valores, tradiciones e ideas occidentales; todo lo que no empataba o difería carecía de validez, por lo que proponía destruirlo, incluso valiéndose de la fe y del adoctrinamiento. Por eso y más, debemos sostener y decir categóricamente que, ningún país, por poderoso que sea, nunca antes y menos ahora, tiene derecho de colonizar, invadir u ocupar militarmente a otra nación soberana.

    Hermosillo, Sonora, 30 de agosto de 2021

     

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