La vida de profesor: crisis y desesperanza. Caso de Leonardo Magaña. Apuntes para docentes y más

      

    Leonardo Magaña era profesor de primaria en Navojoa. Enseñaba en una escuela primaria que el mismo había fundado tiempo atrás. Llevaba algunos años al frente de ella, pero ya no quería esa responsabilidad, porque sus condiciones salariales iban de mal en peor, al tiempo que sus necesidades crecían sin parar; estaba muy desesperado y resuelto a dimitir su cargo, para buscar otra entrada de dinero y paliar las carencias de alimento y salud, entre otras necesidades apremiantes que lo traían de cabeza.

    Por Ricardo Aragón Pérez / [email protected]

    Hermosillo, Sonora, 11 de septiembre de 2021

    Hacia la década de 1920, la Secretaría de Educación Pública se propuso extender su acción por el territorio nacional. Una de las primeras medidas que tomó fue concertar acuerdos o convenios con las autoridades estatales. En ellos, se comprometió a ayudar con los gastos del ramo educativo, proporcionando recursos de sus arcas para pagos de maestros y aumento de escuelas, además del mejoramiento de las condiciones de enseñanza.

    Varios gobernadores se alinearon a la iniciativa y sin más se abocaron a formalizar acuerdos y firmar contratos de hasta por un año, en los que aceptaron el dinero de la federación; a cambio se comprometieron a destinar recursos propios y a empujar juntos la escolarización del pueblo, con lo que avanzaron en la formación de un esquema de financiamiento mancomunado.

    Pero no todos los mandatarios regionales se adhirieron a la federación. En Oaxaca y Veracruz, gobernadores y alcaldes se mostraron reacios y desconfiados; temían perder sus prerrogativas en materia educativa, cuyo ramo dependía de ellos desde tiempos inmemoriales. No fue el caso de Tabasco ni de Sonora, cuyos gobernadores respectivos concertaron acuerdos con el gobierno federal y se comprometieron a impulsar juntos el ramo educativo.

    Sin embargo, en el caso particular de Sonora, no parece haber existido convenios similares a los de otros estados, en los que las partes firmantes se repartían gastos más o menos iguales, o la federación absorbía la mayor parte, ya que el subsidio federal apenas era una tercera parte del sueldo nominal del profesorado en servicio.

    Entonces era común que los funcionarios federales, encargados de distribuir los dineros en los estados, no hicieran los pagos completos y mucho menos a tiempo, lo que ponía al magisterio en un predicamento. Desesperados porque sus reclamos de pago no surtían efecto, abandonaban sus plazas y dejaban de enseñar en pleno año lectivo, para buscar otra fuente de ingreso y asegurar la subsistencia de su familia, explicaba un profesor de apellido Magaña, padre de tres criaturas indefensas, que, junto a su madre, dependían únicamente del sueldo del afligido profesor Magaña.

    Más aún, Leonardo Magaña era profesor de primaria en Navojoa. Enseñaba en una escuela primaria que el mismo había fundado tiempo atrás. Llevaba algunos años al frente de ella, pero ya no quería esa responsabilidad, porque sus condiciones salariales iban de mal en peor, al tiempo que sus necesidades crecían sin parar; estaba muy desesperado y resuelto a dimitir su cargo, para buscar otra entrada de dinero y paliar las carencias de alimento y salud, entre otras necesidades apremiantes que lo traían de cabeza.

    A decir del mismo profesor Magaña, no era esa la primera vez que estaba en aprietos económicos. Ya antes había experimentado otras crisis; había aguantado peores embates y, por tanto, estaba acostumbrado a la pobreza; incluso a vivir hasta de la caridad de los padres de familia; de préstamos, créditos de tenderos y sin más de una quinta parte de su sueldo mensual. Pero esta vez nada era igual, ya había una familia de por medio: una esposa y tres críos, por lo que resolvió de una vez por todas no seguir más en el puesto, como notificó formalmente a las autoridades correspondientes.

    Naturalmente, el profesor Magaña ya no pudo seguir más tiempo enseñando, aunque su vocación le indicara lo contrario. El ánimo y la voluntad se derrumbaron. Entonces no encontró otra salida que renunciar, no sin antes sentirse conmovido por dejar la escuela, que veía como una creación suya. El 19 de noviembre de 1923, se dirigió por escrito a las autoridades educativas:

    Al C. Director General de Educación Pública
    Hermosillo, Sonora.

    Las dificultades para conseguir el pago del 33% de la Federación desde enero del año en curso, hicieron que para cubrir mis gastos contrajera algunos compromisos… el primer pago se me hizo en julio, pero para entonces tuve gatos indispensables por enfermedad de familia, más otros gastos que tuve que erogar al ir a la capital para arreglar la mejor organización de mi escuela. Por lo anterior me he visto en condiciones económicas difíciles, que han aumentado con la suspensión del pago de 33%. Por lo anterior,  me veo obligado a presentar a Ud. mi formal renuncia del puesto que desempeño, no porque me falte voluntad para ayudar a sobrellevar las dificultades por que pasa el país, pues en el tiempo que tengo de estar en este lugar he pasado por peores crisis, en que a veces  apenas conseguía $15.00 a cuenta de mi sueldo en todo el mes, pero sólo tenía un hijo y con la ayuda  de los padres de familia pedía subsistir, pero ahora tengo tres hijos y estoy convencido de que épocas de difíciles destruyen la salud y aniquilan el ánimo y no es como algunos piensan: que recibe uno después todo su dinero y casi es ya capitalista, sino que lo debe todo, y a veces hasta más, se queda uno sin nada en efectivo y sí con el recuerdo de numerosos sufrimientos.

    Más adelante, con un tono de profundo pesar, el profesor Magaña admitió que le calaba hondo abandonar la escuela. En palabras suyas remarcó: "Siento infinito dejar esta escuela que bien puedo decir que yo formé", pero confiaba en que la persona que entraría en su relevo velaría también por su progreso; "yo entra tanto trabajaré en otra parte a fin de cumplir con mis obligaciones de padre".

     

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