No quise que pasara el día sin contar Tumbaron las Torres Gemelas a avionazos

      

    Aquella tragedia ha sido uno de los hechos que más me hizo bailar de temor las corvas. Quizá porque el miedo de la gente a mi alrededor me contagió. (Imagen cortesía de www.termometroenlinea.com).

    Por Ernesto García Núñez / [email protected]

    Hermosillo, Sonora, 11 de septiembre de 2021

    No quiero que pase este día sin contar. Sé de algunos que me tienen por insensible, pero no. Aquella tragedia ha sido uno de los hechos que más me hizo bailar de temor las corvas. Quizá porque el miedo de la gente a mi alrededor me contagió. El caso es que en aquel entonces del 11 de septiembre del 2001 (yo era empleado de medio pelo de la SEC) llegué a mi oficina a tiempo de entrada que eran las ocho de la mañana. Recuerdo que la señora del aseo hizo lo que diario hacía: me llevó mi taza de café de la oficina de al lado. Esto lo hacía cada dos horas. Y en eso llegó alguien que ahora quiere dirigir el Instituto de Cultura y empezó a hablarme sobre teatro y a declamar, con voz alta y clara, unos versos de Sor Juana. 

    Yo encantado. No sé cuánto tiempo pasó. Escuchaba la voz del actor visitante cuando timbró el teléfono. Aún no usaba celular. Era mi esposa quien con voz medianamente angustiada (voz inusual en ella) me decía: ¿estás viendo la tele? ¿Qué piensas de eso? Dime, ¿será accidente? Le dije algo así como: no sé, no te entiendo. Ella comprendió y me orientó: ve la tele, un avión se estrelló en una torre. 

    Salí de la oficina. El área común de las secretarias estaba desierta. Allá enfrente de la televisión del subsecretario estaban todos: subsecretario, directores, ayudantes, secretarias. Todos. Me dio penita darme cuenta que yo fui el último en salir al mitote, pero pronto se me quitó porque los vi a todos con aura de desconcierto. Pregunté y Zamudio me dijo: un avión se estrelló en una de las Torres Gemelas, no se sabe si por accidente o terrorismo. 

    Mis ojos, sin comprender, estaban fijos en la pantalla de la tele cuando ahí va otro avión y zas se estrella contra la otra torre. Entre nosotros no hubo grito de ah. Nada. Nos parecía que veíamos una película, pero el escándalo del comentarista de la televisión nos hizo caminar entre los escritorios. Mi secretaria, una señora elegante y eficiente, escuchó el teléfono y fue a contestar. Me hizo señales de que me hablaban. Era mi esposa quien ahora con la voz más aterrada que jamás le he vuelto a oír, me decía: ¿voy por los chamacos? ¿Voy por los niños a la escuela? Pero, ¿por qué vas a ir?, le pregunté. Es que dicen que están atacando a los Estados Unidos y que puede ser que se pasen para acá también. Teníamos dos hijos en la prepa y creo que otros dos en primaria. Le dije no vayas, no va a pasar nada, estamos muy lejos de Nueva York, y el pleito es con los gringos no con nosotros. Repetí no pasa nada y colgué el teléfono.

    Volví a ver la tele. Vi gente cayendo de los edificios. Mis compañeros de la subsecretaría, callados caminaban, el ánimo no estaba como para estar sentado. Algunos apuraban tragos de café. Y luego una torre cayó y luego la otra. Ahí fue cuando de plano las corvas me empezaron con un jarabe zapateado incontrolable, por un temor jamás vuelto a sentir. No lo sentí igual ni cuando vi en la tele caer edificios en el temblor del 85 y en el del 17. Quizá porque estos fueron hechos naturales y aquel de tumbar las Torres Gemelas a avionazos fue causado por el hombre. Total, no quise que pasara el día sin contar.

    Nota. La imagen de esta columna fue tomada del sitio web www.termometroenlinea.com y se encuentra DISPONIBLE AQUÍ.

     

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