Relatos vivenciales. Mis inicios como profesor de primaria. Mi voto siempre en favor de los candidatos de oposición progresistas

      

    El presidente Andrés Manuel López Obrador en su mensaje durante la ceremonia de inhumación de Arnoldo Martínez Vergugo y homenaje póstumo en la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón Civil de Dolores en la alcaldía Miguel Hidalgo de la Ciudad de México. A la derecha, el autor de este artículo en sus inicios como profesor de educación primaria.

    Por Ricardo Aragón Pérez / [email protected]

    Es de gran relevancia que el presidente Andrés Manuel López Obrador haya destacado los aportes de Arnoldo Martínez Verdugo consistentes en impulsar el movimiento democrático y la promoción de ideales y principios basados en la austeridad, durante la ceremonia de inhumación del político mexicano y homenaje póstumo en la Rotonda de las Personas Ilustres del Panteón Civil de Dolores en la alcaldía Miguel Hidalgo de la Ciudad de México.

    Conocí a Arnoldo Martínez Verdugo, allá por los lejanos años ochenta. Entonces era candidato presidencial de izquierda, postulado por el Partido Socialista Unificado de México, formado a raíz de un destello unitario de otras formaciones partidistas de larga data, entre ellas el Partido Comunista Mexicano.

    En esos tiempos, apostar por un candidato de la izquierda democrática y ser parte de su membresía era algo más que transitar por un camino sinuoso, porque si bien era una apuesta democrática, legitima, pacífica y civilizada, las represalias, hostilidades y estigmatizaciones aún estaban a la orden del día.

    Tales riesgos, amenazas y demás demonios que conspiraban contra nuestros anhelos de cambios sociales, sueños aún vigentes, nos valían un comino, más cuando nuestros cuerpos, espíritus e ideario se sostenían unidos, como un bloque sólido, sin fisuras, facciones ni sectarismos partidistas.

    Entonces pasábamos horas y noches deliberando, soñando despiertos, en reuniones hogareñas, semiclandestinas; leíamos y discutíamos manifiestos, programas, revistas y periódicos antioficiales; literatura, filosofía y otros de contenidos disidentes, además de repartir volantes entre los estudiantes y  "ferrocas", cómo decíamos a los obreros del ferrocarril.
     
    Entre semana, por las tardes, nos echábamos a la calle, hacer camino andando, sudar la gota gorda; visitábamos casa por casa, en calidad de militantes, y repartíamos material partidista impreso, para terminar luego los fines de semana en mítines dominicales en plazas, mercados o barrios periféricos.

    Eran los años nóveles de mi queridísima y noble profesión, el magisterio. Entonces era un joven profesor de primaria, que enseñaba en una escuela rural, en una comunidad pobre, con su gente y su niñez pobre, sin agua potable suficiente, sin tierras de sembradío, prácticamente sin nada, sin ingresos seguros ni el pan nuestro de cada día.

    Ahí, si ahí, conocí la pobreza; era más cruel, más angustiosa de lo que sabía de ella, de lo que leía en libros, prensa o señalaban los opositores del gobierno. Pero, a decir verdad, yo ya la conocía de tiempo atrás, la había vivido en carne propia, desde mi infancia y en mis años de orfandad.

    Por todo eso y más, me hice maestro normalista, abracé la causa del magisterio disidente y me formé como ciudadano libre pensador, cuyo antiguo régimen político no contó conmigo mas que como adversario suyo, cuyo voto  electoral siempre le negué,  depositándolo en favor de los candidatos de oposición progresistas, con la sublime ambición de formar un mundo mejor, con una sociedad más justa, libertaria y democrática, pero sobre todo más respetuosa de la vida humana y de la naturaleza.

    Nunca había estado tan cerca de mí un triunfo electoral. Nunca he sido miembro de un partido ganador, con la capacidad y potencia de hacerse gobierno. Nunca, si nunca, había estado tan cerca de hacer realidad sueños de antaño. Creo que ha llegado la hora de hacerlos realidad, pues hoy más que nunca me encuentro, junto con una valerosa generación de mujeres y hombres de lucha, en el punto más cercano de mis añoradas utopías y hacer de ellas más que una ilusión, una realidad social.

    Seguí, con muchas y muchos jóvenes soñadores, la lucha democrática. Admiré y respeté mucho a la izquierda radical, especialmente a quienes habían perdido la fe, la esperanza, en la vía electoral, por lo que sólo confiaban en las armas y la guerrilla como método para transformar la realidad social.

    Arnoldo Martínez y Heberto Castillo, ambos de ideas comunistas y artífices de la izquierda mexicana democrática, pensaban diferente. Uno y otro estaban convencidos que el sufragio efectivo estaba tocando la puerta de entrada, por lo que se echaron a cuesta la organización o reorganización de una nueva formación política (PSUM), que condensaba experiencias, ideales, aspiraciones programáticas y contaba entre su membresía de vanguardia los más granado, la crema y nata de la izquierda democrática, que luchaba por un cambio profundo: una sociedad más pareja, democrática y libertaria; pero sobre todo, más amorosa de la vida humana y de su hábitat.

    Ese era el ideal que nos movía, el programa de la izquierda partidaria, la agenda política que nos enganchaba, y que hoy por hoy persiste, sigue vigente, con todos y los grandiosos logros alcanzados; todavía falta mucho camino, pero llegar a buen puerto es posible, máxime cuando encuestas internacionales de reciente cuño, vaticinan que en las próximas elecciones presidenciales (2024), el partido de nuestro querido presidente, nuestro partido (MORENA) saldrá airoso, enarbolando una vez más la corona del triunfo electoral.

    Nota: El autor es subsecretario de Educación Básica de la SEC en Sonora.

    Hermosillo, Sonora, 29 de mayo de 2022

     

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