Por Ricardo Aragón Pérez / [email protected]
Magisterio en Línea, Hermosillo, 14.02.2026
Tras unos años de haberme retirado del trabajo de campo, asociado a la investigación histórica-educativa, la semana pasada volví a mis andanzas, a las bibliotecas, hemerotecas y archivos históricos del estado, pilares de la memoria histórica, acervos imprescindibles para descubrir y documentar hechos, biografías, instituciones y contextos históricos, lo que aprendí con devoción de mis maestras y maestros de la Universidad de Sonora, entre ellos Ismael Valencia y Juan Manuel Romero, cuando estudiaba la Licenciatura en Historia, hace ya varios ayeres.
Con esas lecciones en mente y varias preguntas sobre la enseñanza de oficios en la Escuela “Cruz Gálvez” de Hermosillo, me adentré en sus antiguos archivos, repletos de documentos impresos y manuscritos, en buen estado físico y muy legibles, por cierto, aun cuando tienen más de 100 años antigüedad.
Lo anterior, lleva a pensar en la entrega y esmero con que han sido cuidados tales documentos por las instancias correspondientes, que hacen posible no sólo su preservación y protección, sino su acceso a todo tipo de públicos, como los investigadores histórico-educativos, que con sus hallazgos, narraciones y divulgaciones contribuyen al conocimiento histórico de la legendaria Escuela “Cruz Gálvez”, que abrió sus puertas en tiempos de la revolución y cobijó especialmente a huérfanos de padres caídos en combate.
Cabe recordar que la escuela tiene el nombre de un heroico luchador sonorense: José Cruz Gálvez, carrancista de hueso colorado, quien sirvió como soldado del Ejército Constitucionalista y luchó bajo las órdenes del general Calles, hasta que cayó combatiendo con las armas entre sus manos, en 1915, y tras unos días gravemente herido dio su último suspiro.
Esta vez, en mis pesquisas reafirmé que, entre las causas sociales del general y gobernador Plutarco Elías Calle, la protección de la niñez desvalida ocupaba un lugar central en sus planes de gobierno y hasta en su propia persona; no sólo se conmovía por sus penalidades, sino también la consideraba como de su familia; incluso algunos niños huérfanos de padres y madre adoptaron el apellido Calles.
Como todo buen padre, el general Calles hacía hasta lo imposible por asegurarle una vida promisoria y hacer de ellos ciudadanos útiles, con saberes y habilidades para el trabajo remunerativo. Para eso, tomó algunas acciones específicas, como emitir el Decreto Numero 12, fechado en octubre de 1915, que mandó establecer la Escuela de Artes y Oficios “Cruz Gálvez”, con un internado anexo para proporcionar servicios asistenciales al alumnado, que no sólo consistían en dar alojamiento y buena comida, sino también vestimenta y cuidados médicos, sin pasar por alto la formación de buenos hábitos.
Fiel a sus nobles sentimientos, don Plutarco Elías Calles proyectó un modelo de escuela humanista y utilitarista a la vez, con un programa de educación dual, que combinaba los planes de enseñanza primaria con los de capacitación para el trabajo remunerado. Para ese efecto, sacó recursos no sólo del erario y donativos de particulares, sino también del contrabando de bebidas etílicas, cuyas multas pecuniarias ingresaban al fondo “Cruz Gálvez”; incluso la incautación de bienes a bandas delictivas tenía el mismo destino, como ocurrió en 1918, cuando el general R. Gómez recibió órdenes superiores para vender los objetos confiscados a un par de bandoleros americanos, cuyo producto de la venta debía remitir al mismo fondo.
Entre los primeros talleres o cursos prácticos, estaban los de telegrafía, mecanografía y taquigrafía, unos y otros preparaban para el trabajo de oficina, que entonces era una de las necesidades apremiantes de gobierno, dado el proceso de modernización de la administración pública y el uso sostenido de la comunicación electrónica, lo que naturalmente requería de empleados con perfiles especializados en esos rubros, por lo que el gobernado se comprometió a emplear en sus oficinas a los primeros telegrafistas egresados, incluso hizo gestiones para que previamente los más aventajados practicaran tanto en oficinas estatales como federales.
El 2 de noviembre de 1918, envió un telegrama al director general de telégrafos, Mario Méndez, con sede en México. En él solicitaba “muy encarecidamente librar sus órdenes”, para que un grupo de ocho jóvenes, de los que cuatro eran varones y resto mujeres, “practiquen diariamente en las oficinas de telégrafo federal”, situadas en la capital sonorense. Asimismo, otro tanto de estudiantes haría lo propio en las oficinas de telégrafos del Cuartel General y en las de Palacio de Gobierno, donde además tendrían su primer empleo remunerado, según planes del mismo gobernador Calles.
Su gestión no cayó en el vacío. Dos días después de haberse comunicado con el funcionario federal, el 4 de noviembre para ser preciso, éste solicitó los nombres de los alumnos practicantes, para extender a cada uno de ellos “nombramiento como meritorios oficiales de oficina del ramo” telegráfico, a lo que el peticionario respondió 24 horas después con un listado de 18 nombres de pila, con su respectivo género, de entre los que las mujeres hacían mayoría, al sumar 11 féminas contra 7 varones.
Todas y todos los practicantes asistían de lunes a sábado tanto a las oficinas federales como a las estatales, en un horario de dos horas en la mañana y dos horas por la tarde; las mujeres practicaban en el turno matutino, mientras sus pares varones hacían lo propio en el vespertino. Se esperaba que, al término de sus prácticas, los telegrafistas en formación saldrían “convenientemente preparados e instruidos”, para luego servir en el trabajo de oficina y ganarse la vida honradamente.
Entre los practicantes en cuestión, se puede mencionar a Luis Muñoz, Juan Vega, Elizandro Sábori, Arnulfo Lugo, Miguel Bórquez y Manuel Quiroz, así como a las señoritas Isabel Corella, Leonor García, Graciela Padrés, Refugio Rivera, Magdalena Moreno, Antonia Parra y Rosa Sepúlveda, entre otros. Al parecer, todos ellos, integraron el primer grupo de telegrafistas formados en el estado, que prestaron sus servicios como empleados de gobierno, a decir del mismo mandatario estatal.
Más aún, se trataba de la primera camada de huérfanos de la revolución, que estudió la carrera de telegrafista en la Escuela “Cruz Gálvez”, cuyo oficio comprendía también el desarrollo de otras habilidades complementarias, relativas al ámbito de mecanografía y taquigrafía, saberes técnicos que abrían otras ventanas para el trabajo remunerado, más allá del oficio telegráfico.









