Por Ricardo Aragón Pérez / [email protected]
Magisterio en Línea, Hermosillo, 13.04.2026
Hoy seguramente la dinámica en casa fue otra; todo cambió abruptamente, los focos, las estufas y los olores de la cocina cobraron vida más temprano que semanas antes. Por otro lado, las calles aumentaron el ruido y flujo de una muchedumbre de transeúntes; parecían como ríos de vehículos que desbordaban su capacidad de tránsito.
Todo eso, motivado naturalmente por el regreso a clases de miles de estudiantes de educación básica; muchos apresuraban el paso de la mano de mamá o papá, del hermano o de las abuelas, para decir presente a su maestra o maestro, que con la lista de asistencia entre manos pasan revista.
Ese notable momento, tupido de bullicios y recuerdos, me hizo evocar mis años mozos de profesor de primaria, mis sufrimientos para estudiar la carrera de normalista y también los gozos que marcaron para bien mi vida; despertó en mi memoria los tiempos remotos en que inicié mi carrera como profesor rural.
Entonces dirigí y enseñé en una escuelita pueblerina “unitaria”, con seis grados, de primero a sexto, y unos 30 menores a mi cargo; pletórica de carencias de todo tipo y prácticamente abandonada a su suerte.
Pero eso sí rica en sueños y ficciones, que motivaban para llevar la luz del alfabeto y los números hasta el ejido “Las Cachoras”, un lugar pobre y aislado, sin energía eléctrica ni servicio de transporte.
Hasta ese desolado punto llegué a pie una tarde veraniega, polvoroso y con el sudor escurriendo a chorros, con la lengua de fuera y reseca, luego de haber dejado detrás de mi varios kilómetros de camino andado entre mezquite, lomeríos y un largo silencio sepulcral.
Recuerdo a mi escuelita como un plantel de mala muerte, con un solo cuarto de ladrillo y espacio regular, cuyo inventario era más ficción que realidad; a lo sumo había unas cuantas bancas, un pizarrón carcomido, algunos libros, una mesa con silla, un catre, una lámpara de petróleo para alumbrar y un pozo anexo de agua más salada que dulce, de donde sacaba a diario el líquido a puro pulmón.
Era una local multinacional; en la mañana y tarde funcionaba como salón de clases, a mediodía era mi cocina-comedor y en las noches fungía como mi dormitorio, y a menudo también era sala de juntas comunitarias; pero sobre todas esas cosas también era un crisol invaluable, única esperanza de estudio para las y los menores del lugar, todos notables por su pobreza embarazosa.
De ahí la relevancia social de la escuela pública rural, que no sólo forma parte esencial de la tradición educativa y, por supuesto, de la historia mexicana, sino también es una institución cultural única, sobre todo por su accesibilidad a los más desfavorecidos y por la proeza de sacar adelante su noble misión pedagógica, pese a las carencias de un sistema educativo que todavía arrastra miserias históricas.
En este día de vuelta a clases, no pudo sucederme nada mejor que recordar tan entrañables ayeres, lo que me hizo mucho sentido, tanto que me llevó a hilvanar estas notas biográficas, salidas del alma más que de la cabeza; es para mí un agasajo rebosante de felicidad.
Y cómo no va a ser así, si ser profesionista graduado fue todo un gran desafío, pero ser maestro y servir en una escuela pública y haber enseñado a varias generaciones de educandos, fue más que un trabajo intelectual una grata y maravillosa oportunidad, que me hace sentir muy afortunado y, por supuesto, muy feliz.
El autor, Ricardo Aragón Pérez, es miembro del Club de Adultos Mayores en Defensa de la Cuarta Transformación









