Por Ricardo Aragón Pérez / [email protected]
Magisterio en Línea, Hermosillo, 01.05.2026
En México, la celebración del Día del Trabajo comenzó en los tiempos aciagos de la revolución constitucionalista, en 1913, justo cuando las fuerzas carrancistas pretendía derrota al gobierno usurpador de Victoriano Huerta.
Entonces cientos de trabajadores dejaron sus puestos, organizaron una procesión cívica y salieron a las calles en demanda de mejoras laborales, como la implantación de la jornada de ocho horas, que ya años antes había sido bandera de la memorable huelga minera de Cananea, iniciada en junio de 1906.
Ambos movimientos obreros, con sus reivindicaciones laborales semejantes, fueron precedidos por otros similares, pero ocurridos en otros lares, como sucedió en Chicago, Illinois, hace casi 140 años, cuyos trabajadores estallaron una huelga en demanda de mejores salarios, jornadas de ocho horas y prohibición del trabajo infantil, entre otros reclamos.
En vez de haber obtenido una respuesta positiva, como ya es bien sabido, los patrones respondieron con medidas agresivas, brutales y criminales, que arrebataron la vida a no pocos huelguistas, dejando para la posteridad una herida abierta.
En su robusta memoria, el movimiento obrero mexicano recuerda cada primero de mayo no sólo a los Mártires de Chicago, sino también a los mártires nacionales de Cananea y Río Blanco; conmemora sus luchas heroicas y, por supuesto, reivindica el respeto y mejoramiento de los derechos laborales contemporáneos.
En ese tenor, los trabajadores mineros, particularmente los de Cananea, han sido piedra angular de la lucha obrera mexicana, con un historial que se remonta hasta los tiempos remotos del régimen porfiriano.
Ejemplo de eso, es la célebre huelga minera del día uno de junio de 1906, cuyo estallamiento fue motivado por maltratos y discriminación racistas, abusos desmedidos, jornadas extenuantes y sueldos raquíticos e inequitativos.
La empresa implicada, de matriz estadunidense, no sólo se pasó por el arco del triunfo el pliego petitorio, sino también reprimió a los trabajadores. Unos fueron asesinados con arma de fuego, otros privados de su libertad y algunos más padecieron destierro, como el profesor Leopoldo Calderón, que estaba involucrado en el movimiento minero.
Para eso, el propietario de la compañía, un gringo aventurero, que hizo de Cananea un emporio minero, contó con fuerzas injerencistas de origen estadunidense y con el gobernador Rafael Izábal, un mandatario entreguista y apátrida del partido porfirista.
Por otra parte, los trabajadores textiles de Río Blanco, Veracruz, organizaron una huelga un año después (1907), para exigir horarios y salarios justos, pero sólo tuvieron como respuesta una despiadada represión; “mátalos en caliente”, como solía decir el dictador Porfirio Díaz.
Otro testimonio ejemplar del movimiento precursor de los trabajadores, lo encontramos en la Ciudad de México, hacía el año de 1919, cuando el gobierno revolucionario de Venustiano Carranza transfirió las escuelas primarias y la responsabilidad de financiarlas a los ayuntamientos de la capital y territorios federales.
Entonces los munícipes ordenaron el cierra de numerosas escuelas y el cese de cientos de maestras y maestros, presionados, a decir de ellos, por déficit en sus finanzas, por lo que decenas de educadoras y educadores se declararon en huelga, para reclamarles el pago de sueldos atrasados y la reinstalación de sus colegas, que habían sido casados por dichos funcionarios.
Con esos referentes históricos en mente, hoy por hoy, celebramos el Día del Trabajo, que ya es parte de la cultura e historia mexicanas. Bien haríamos en conmemorarlo no sólo con desfiles oficiosos y discursos triunfalistas, cargados siempre de notables autocomplacencias, sino también revisitando su historia y, por supuesto, analizando sus logros, alcances y limitaciones, sin pasar por alto los pendientes.
El escribidor Ricardo Aragón Pérez es miembro de Club de Adultos Mayores en Defensa de la Cuarta Transformación.







