Por Ricardo Aragón Pérez / [email protected]
Magisterio en Línea, Hermosillo, 13.05.2026
Tras varios días de un aluvión de protestas sociales, ocasionadas por el malestar de familias, maestros, organismos de derechos humanos, asociaciones protectoras de la infancia e investigadores educativos, a raíz del anuncio precipitado de recortar más de cinco semanas el calendario escolar 2025-2026, el titular de la SEP, Mario Delgado, y sus pares estatales, dieron marcha atrás y acordaron mantenerlo tal como estaba diseñado, con “un mínimo de ciento ochenta y cinco días y un máximo de doscientos días de clases”, tal como estipula la Ley General de Educación, en su artículo 87.
Por consiguiente, en Sonora, más de 500,000 estudiantes de educación básica concluirán el ciclo escolar en curso hasta el 15 de julio venidero, de cuya población escolar, cabe mencionar, 421,000 van a escuelas de gobierno, en tanto 85,000 asisten a plantes de gestión particular, a los que se suman cerca de 122,000 alumnos de bachillerato, dando un universo aproximado de 620,000 educandos.
Con esa determinación, seguramente habrá de zanjarse las tensiones e inconformidades sociales, derivadas del acuerdo unánime del Consejo Nacional de Autoridades Educativas, instancia burocrática que mandaba adelantar el fin del ciclo escolar mucho antes de lo establecido en el calendario escolar vigente, con motivo, según palabras del secretario Delgado, de la magna fiesta futbolera e inclemencias del calor, que ya azota con rigor en algunas regiones, aseguró el mismo funcionario.
Cabe saludar la decisión de deshacer oportunamente el acuerdo de referencia, que seguramente traería aparejado no sólo afectaciones en la adecuada aplicación de los contenidos programáticos, sino también perturbaría o precipitaría otros procesos no menos importantes, como la aplicación de evaluaciones finales, las asambleas informativas de madres y padres de familia, respecto a logros académicos de sus hijas e hijos, la preparación de alumnos para el cambio de escoltas y entrega de banderas, además de las tradicionales ceremonias de fin de curso y entrega de certificados, sin pasar por alto los aprietos en que meterían a miles de madres y padres de familia, quienes organizan su vida diaria en función de los días y horarios de clases de sus críos.
No puedo dejar de admitir ni ocultar que me congratula mucho ser testigo ocular de un extraordinario movimiento social, pocas veces visto, por no decir nunca, que toma como bandera la educación de las y los niños y pugna por una escuela efectiva, cuyos procesos sustantivos no estén sujetos a precipitaciones, sobresaltos ni menoscabo. Todo esto, en mi opinión, no sólo es necesario y esperanzador, sino también es un gran acierto, ya que una buena escuela es aquella que la sociedad observa de cerca, la acompaña como aliada y favorecer su buena marcha.
En cuanto a los tomadores de decisiones involucrados, es de reconocer su disposición para rectificar y enmendar la plana a buen tiempo, en respuesta a los reclamos sociales, lo cual los dibuja como funcionarios de mentes abiertas y flexibles, con talante, sensatez y voluntad para escuchar y respetar voces ajenas su propio círculo.
Si bien después de la tormenta viene la calma, no es inoportuno o irrelevante pensar en la necesidad de analizar y deliberar seriamente sobre otros tópicos puestos al descubierto durante esta coyuntura, entre ellos: el papel de la escuela como espacio de resguardo o contención social; la pertinencia o impertinencia de un calendario escolar único, estandarizado e inflexible; el cambio climático, cuya alta temperatura ya alcanzó a la escuela y amenaza con perturbar su dinámica interna; la calidad de infraestructura eléctrica y los equipos de enfriamiento en las escuelas, entre otros temas de alto impacto escolar.
Finalmente, cabe esperar que pronto las aguas vuelvan su cauce natural y que las autoridades educativas continúen con su actitud de apertura y escucha; pero sobre todo evitar tomar decisiones descabelladas, que no abonan al interés superior de la niñez ni a la Nueva Escuela Mexicana, que concibe a los menores como sujetos de derecho y aboga por una política educativa que tome en cuenta a todos los actores educativos y sociales involucrados.
El escribidor Ricardo Aragón Pérez es miembro de Club de Adultos Mayores en Defensa de la Cuarta Transformación.








