Por José Guadalupe Montaño Villalobos
Magisterio en Línea, Hermosillo, 28.042026
Con mucho gusto participé en las lecturas que coordinó la profesora Maritza Rivera Armendáriz, para conmemorar el Día Internacional del Libro y del Derecho de Autor, que se llevó a cabo el pasado domingo 26 de abril, en El Estanquillo de las Letras ubicado en la Plaza Zaragoza de la capital de Sonora.
El evento reunió a varias participantes muy destacadas como Maribel Lozano, María de los Ángeles Orduño, Flor Camacho y Gloria del Yaqui, quienes compartieron parte de su producción literaria y ofrecieron al público lecturas de reconocidos autores, generando un ambiente enriquecedor y cercano a la literatura.
¡Qué voz privilegiada tienen las cuatro damas mencionadas ¡ Maribel Lozano y María de los Ángeles Orduño, por ejemplo, nos emocionaron con la lectura de su propia obra, pero a mí en especial, cuando leyeron juntas el cuento infantil “Y escapamos agarrados a gruesas lianas de fideos”, del gran escritor y periodista, Carlos Moncada Ochoa, que estaba presente y muy atento entre el público asistente, acompañado de otro premiado autor, Ernesto García Núñez.
Me gustó mucho también, la forma en que Gloria del Yaqui declamó el soneto “No me mueve mi Dios para quererte”, que se atribuye a Fray Miguel de Guevara y, por supuesto, también la lectura de un poema escrito por su señora madre, dedicado a los maestros.
Flor Camacho, por su parte, nos impresionó con el imperio de su voz al narrarnos con emoción, un cuento de terror, también de su autoría.
Muchas felicidades a las cuatro damas por su participación, y de manera muy especial a Maritza, por la excelente conducción de este encuentro literario.
Importa destacar, que el acto en El Estanquillo se organizó por invitación del Instituto Municipal de Cultura y Arte (IMCA), el cual apoyó con el equipo de sonido, bebidas y refrigerios, lo cual contribuyó al buen desarrollo del evento.
En el acto, se invitó para el próximo sábado 2 de mayo a la presentación de “Leo y coloreo”, de Maribel Lozano y a lecturas para niños.
Antes de terminar la columna, quiero comentar que yo también declamé (es un decir) un poema de Pedro Bonifacio Palacios, llamado “Adiós a la maestra”, que me gusta mucho.
Asimismo, leí mi cuento “Derechito al infierno”, que aquí comparto:
DERECHITO AL INFIERNO
Cuando tenía ocho años, se lo llevaron a rastras a la ciudad. Su padre lo dejó en casa de su madrina, la nana Tencha, que imponía miedo: aun de día deambulaba como un espanto. Tenía una hermana bonachona, la Prieta, a quien él llamaba tía; ya ni recuerda por qué. Ambas eran profundamente católicas. Rezaban el rosario todos los días y no faltaban a misa los domingos.
La primera vez que José María fue con ellas a la iglesia, lo sentaron hasta adelante, entre otros niños de su edad. La ceremonia transcurría con solemnidad y, hacia la mitad, los niños se pusieron de pie, formados con orden, y avanzaron hacia el cura para comulgar. Él los siguió, contento, sin sospechar lo que hacía. La nana lo vio justo cuando sacó la lengua para recibir la hostia consagrada.
Aquel fue su primer encuentro con una iglesia y con un sacerdote. En la ranchería donde nació apenas había dos o tres casas de adobe.
Al volver a casa, la nana Tencha lo recibió con una lluvia de maldiciones. Le sacudió la cabeza a cachetadas ardientes mientras gritaba:
—¿Cómo es posible que hayas comulgado? Te vas a ir derechito al infierno, José María. Nunca te confesaste y ni siquiera has hecho la primera comunión.
Él se sintió como un gusano aplastado. Con la voz apenas audible, murmuró:
—Pero, nana… yo no sabía nada de comulgaderas.
—No me vengas con tonterías, mugroso lepe vaquetón. Lo que hiciste es un pecado gravísimo. Mañana mismo te me vas a la doctrina y te preparas para la primera comunión, para que el diablo se aleje de tu vida, porque para mí, José María, eso que hiciste fue obra de Satanás.
El niño quedó paralizado, convertido en una pálida piedra. No valieron súplicas, ni disculpas, ni llanto alguno. No hubo compasión para él.
Así, con un miedo tan intenso como el que sentía cuando lo llevaban a vacunar, se confesó por primera vez. El cura lo escuchó con gesto indiferente y le impuso como penitencia rezar dos padres nuestros.
Ayer, en su oficina de la capital, un primo recién llegado de Agua Prieta le dio la noticia: la nana Tencha había muerto. Ya casi no la recordaba, pero al oírlo cerró los ojos y la vio sirviéndole un plato de avena por la mañana. Entonces dijo, en voz baja:
—No creo que se haya ido al infierno. Era muy católica.








