Mtro. Ricardo Aragón Pérez
Magisterio en Línea, Hermosillo, 13.09.2026
Atrás de las y los estudiantes de alto rendimiento académico no sólo hay escuelas acogedoras, ambientes propicios para el aprendizaje y maestros que creen en sus capacidades, sino también alumnos con inquietudes y sueños intelectuales, que descubren con ayuda de los profesores su vocación cognitiva y asumen una actitud positiva ante el conocimiento, en el que abrevan más por gusto que por una instrucción docente o la ambición de una presea.
A propósito de los bajos resultados que obtuvieron estudiantes que ya concluyeron su educación básica en la prueba PISA, en su edición más reciente, especialmente en matemáticas y lectura, se antoja preguntarse qué factores inciden en el nivel de logros de los aprendizajes escolares, cómo se reconocen dentro del aula y qué peso tienen en las prácticas de enseñanza.
Las investigaciones educativas y los expertos en pedagogía, entre ellos naturalmente las y los maestros, ya han identificado y expuesto una serie de factores que van más alá de los alcances de la escuela, como los contextos socioculturales del alumnado, que juegan un papel relevante en el dominio de los aprendizajes escolares.
En mis años de estudio del campo educativo, aprendí de mis maestras y maestros en la Normal primero y luego en el doctorado en Ciencia de la Educación, que los sistemas educativos más exitosos, con sus escuelas de alto rendimiento, se explican, en parte, por tener ambientes propicios para enseñar y para aprender.
Además, cuentan con maestras y maestros motivados por la alta valoración social, que no sólo creen en las capacidades intelectuales de sus alumnos y confían en ellos, sino también los inspiran y alientan una actitud positiva hacia el conocimiento.
Pero un factor poco estudiado y menos referenciado que, a juicio de no pocos estudiosos, tiene un peso significativo, es sin lugar a duda el sentir de los estudiantes, cómo se identifican o conectan con el sistema escolar, qué tan satisfechos o cómodos se sienten en la escuela y cómo valoran lo que les enseña.
Los estudiantes de los países más ricos, como los estadounidenses, no alcanzan en ese tipo de pruebas los puntajes más altos, porque, entre otras cosas, se interesan o significan poca cosa, cuyos resultados no asocian con el honor o grandeza de su país.
Mientras otros pares suyos, como los estudiantes asiáticos, sí consideran esos certámenes como un desafío de alto impacto, en el que se juega el orgullo, la reputación y honor del sistema educativo y de la nación asociada.
En nuestro caso, por fortuna los estudiantes tienen una buena opinión de sus maestros, creen en la educación formal y albergan expectativas positivas, pero paradójicamente no poco siente que sus intereses intelectuales van por un lado y lo que les ofrece la escuela va por otro.
O sea, lo que el sistema escolar propone enseñar a sus alumnos, hoy por hoy, dista mucho de lo que ellos desean aprender, según testimonios de ellos mismos, como reveló una encuesta reciente.
Lo anterior traen a mi cabeza varios dichos de teoría en planeación educativa, expresados una y otra vez por Gabriel Cámara, un viejo lobo de la pedagogía. De acuerdo con su visión pedagógica, todo modelo de aprendizaje debe empezar por reconocer la autonomía de los estudiantes y partir de sus inquietudes intelectuales; o sea, “debe interesarse en el alumno, si no, es letra muerte”, advierte el también filósofo Cámara.
Por último, no puedo ni debo pasar por alto testimonios de buenos estudiantes, que han puesto en alto el nombre de su país, escuelas y maestros en un pedestal, por sus dominios en matemáticas, expuestos en pruebas de competencia internacional o de ingreso a una universidad.
En el primer caso, un estudiante refiere haber encontrado en sus maestros la fuente de inspiración, la motivación, para poner a prueba sus conocimientos matemáticos, alcanzar sueños académicos y ser muy felices de sus logros, lo que revela particularmente la importancia del acompañamiento docente y la fuerza de las inquietudes o expectativas académicas de los estudiantes.
En el segundo caso, se trata de jóvenes exitosos que contestaron el examen de ingreso a la UNAM de forma perfecta, hasta con el 100 por ciento de los reactivos resueltos correctamente, cuya clave de tan admirable logro, a decir de ellos, no sólo fue el sueño de pertenecer a una universidad que motiva sentimientos de orgullo, sino también el tesón, la disciplina y perseverancia en el estudio.
Lo anterior, lleva a pensar que el sistema educativo no remontará sus fracasos, limitaciones y resultados insatisfactorios si no se compromete, entre otras cosas, en hacer una revaloración de sus estudiantes, a partir de la premisa de que los alumnos aprenden por interés propio, “no lo que les manda un maestro”, a decir del citado doctor en planeación educativa, Gabril Cámara.








