Mtro. Ricardo Aragón Pérez
Magisterio en Línea, Hermosillo, 16.09.2026
El año de 1810 fue crucial en el acontecer político del antiguo México. Este año marcó el inicio de un gran movimiento popular armado, que bajo el liderazgo del cura Hidalgo se propuso hacer justicia con sus propias manos; o sea, acabar con las prácticas esclavistas y la exigencia de pagos de tributos, establecer un gobierno más parejo y transformar la sociedad dominante de castas, en la que unos cuantos fuereños españoles y allegados suyos acumulaban grandes fortunas, mientras la generalidad del pueblo llano no tenía ni en que caer muerto.
Cuentan que antes del estallido insurgente, privaba un ambiente de mucha tensión entre la gente, no sólo por los dimes y diretes de terror que corrían como pólvora, asociados al avance de las turbas rebeldes, sino también a las restricciones, prohibiciones y endurecimiento de medidas de vigilancia policiaca, cuyos excesos se extendieron hasta tomar medidas un tanto impopulares, como controlar las entradas y salidas a la ciudad de México, vigilar las reuniones en casas particulares, limitar encuentros en las plazas públicas y confiscar bienes sospechosos; incluso productos de primera necesidad, lo que derivó en desabastos y protestas sociales.
Antes de que el cura rebelde, don Miguel Hidalgo, desistiera ocupar la ciudad de México, corrió como pólvora la terrible noticia de que habían arribado a Toluca; algunos gachupines ya se veían colgados o degollados por “los malandrines” levantados. Entonces las autoridades virreinales actuaron en defensa de su reino: hicieron acopio de armamento y desplegaron a sus elementos de seguridad para hacer frente a los independentistas e impedir el ingreso a la ciudad capital; incluso ordenaron el cierre de pulquerías, semilleros de “malandrines”, que bajo el influjo de la embriaguez vociferaban en contra de los gachupines.
En medio de ese amenazante contexto, prácticamente todas las familias prominentes tenían los nervios de punta y tomaban sus propias providencias. Algunos trasladaban de un lugar a otros sus bienes de valor, arrastraban colchones o muebles hasta los monasterios; las mujeres chillaban y las monjas no paraban de rezar; en tanto “los gachupines bramaban de cólera y no cesaban de probar sus armas para cuando llegase el instante de la defensa”.
Muy pronto el ejército insurgente se volvió fuerte y temerario. En unos cuantos meses, puso en jaque al gobierno colonial, que ya hilaba tres siglos de reinado, y le asestó varios golpes demoledores. Entre sus filas había miles de hombres de todos los estratos: indígenas, mulatos, mestizos, criollos, comerciantes, mineros, arrieros, rancheros, curas y abogados, además de mujeres de todas las clases sociales.
A casi un año de haber iniciado su lucha libertaria, el cura insurgente fue pasado por la armas, en julio de 1811, pero su ideario y anhelo de poner freno al antiguo régimen de privilegios y formar una sociedad más igualitaria, fueron retomados por otro religioso inconforme, el cura Morelos, un genio militar e ideólogo independentista, quien delineó las bases de la nueva nación mexicana en su histórico documento Sentimientos de la Nación, en el que proclamó la independencia, la soberanía, la formación de un gobierno liberal, la reducción de la opulencia y la disminución de la pobreza mediante el aumento del ingreso familiar.
En esa temprana lucha transformadora, que inició en septiembre de 1810 y terminó el mismo mes, pero 11 años después, las mujeres jugaron un papel preponderante en el triunfo de la causa independentista. Algunas de ellas no sólo albergaban anhelos liberales y simpatizaban con las ideas de los insurgentes, sino también eran militantes y activistas intrépidas; seducían a los soldados enemigos y se los echaban a la bolsa, pagaban con recursos propio armamento y proveía de otros elementos estratégicos a los de su bando político, por cuya osadía algunas fueron condenadas hasta con la pena máxima.
Tras 11 largos años de guerra, con miles de muertes y heridos de ambos bandos, daños materiales incalculables, caída severa de la economía, una infraestructura colapsada y, por supuesto, los ingresos ficticios de la hacienda pública, por fin los dirigentes de los ejércitos en pugna, Vicente Guerrero y Agustín de Iturbide, acordaron un pacto de paz mediante la firma del Plan de Iguala, que fue refrendado por todas las autoridades vigentes, con el que se coronó la célebre lucha insurgente y se consumó la tan añorada independencia mexicana, piedra angular de la Primera Transformación de la vida pública.







