Mtro. Ricardo Aragón Pérez
Magisterio en Línea / 28.10.2026
Pancho Villa tenía un gran aprecio a los maestros. Nunca fue a la escuela ni tuvo un maestro que le enseñara el alfabeto. No obstante, Villa estaba muy cerca de los profesores, ya que algunos eran parte de su ejército; incluso de su círculo de confianza. Cuando tomaba una plaza, cuentan que, a menudo, llamaba al maestro de escuela para darle una dotación de comestibles.
Su mayor orgullo, dijo una vez, fue haber fundado una escuela gratuita en su hacienda de Canutillo, con internado anexo, para 120 niñas y niños desvalidos y pagar a unos cuantos maestros para su enseñanza, a quienes “yo los respeto mucho”, refrendó en otra ocasión; por tanto, “Yo prefiero pagar primero a un maestros, y después a un general, preciso el jefe revolucionario, quien fue noticia periodística, dicho sea de paso, por su interés en las escuelas y la pasión con las establecía en tiempos de su efímero mandato como gobernador de Chihuahua.
Un siglo después, el presidente Andrés Manuel López Obrador, con un ímpetu semejante, apadrinó un renovado modelo educativo que, entre otros aspectos favorables, hizo hincapié en el reconocimiento a las maestras y los maestros como pilares esenciales de la transformación del sistema educativo nacional.
En sintonía con esa visión, su gobierno llevó a cabo una modificación al artículo tercero constitucional y a la ley educativa federal, en las que se reconocía a las maestras y los maestros como actores claves del cambio propiamente educativo, cultural y social.
Adicionalmente se configuró un nuevo modelo de escuela, que se denominó “La Nueva Escuela Mexicana”, cuyo currículo, programas y planes de estudio, vigentes a partir de 2022, dieron centralidad a la autonomía profesional docente y a la comunidad escolar.
Así, las y los maestros fueron concebidos como el eje o corazón de la llamada Nueva Escuela Mexicana, cuya autonomía docente, más que una disposición oficial, debe pasar necesariamente por el camino de su implementación en la escuela, el aula y también por la relación con su entorno comunitario.
Sin embargo, a siete años de que se modificó el marco legal referido y a cuatro de que se implementó el nuevo modelo curricular, todavía no se cuenta con diagnósticos que documenten cómo va La Nueva Escuela Mexicana, específicamente en cuanto a la autonomía docente, qué tanto las y los maestros se han apropiado de ese atributo y cuáles son los principales desafíos que enfrentan, tanto en el ámbito conceptual, como en su implementación en la escuela, el aula y la comunidad de su entorno cercano.
Más allá de los posibles avances o limitaciones, lo más plausible y rescatable es que una proporción importante del magisterio ve con buenos ojos que sea revalorado mediante la autonomía profesional. También que el proyecto de cambio educativo, encarnado en La Nueva Escuela Mexica, siga su camino a paso firme, con la convicción de que ningún cambio es posible si no se echa a la bolsa a los profesores, si no se confía en ellos, en su profesionalismo, trayectoria, experiencia y saberes pedagógicos, además de su identificación con la escuela pública








